Me voy por las ramas

Reflexiones un tanto dispersas sobre el fantástico español

Trafalgar: el tío viajante

Publicado por Eva Rodríguez en Octubre 29, 2007

No, nunca he tenido un tío que fuese viajante de comercio. Pero me hubiera gustado tenerlo. Y, en ese caso, me habría gustado que fuese como el Trafalgar Medrano que protagoniza (y narra) este libro de Angélica Gorodischer.

Igual no es su obra maestra (seguramente ésta es Kalpa Imperial) pero Trafalgar me resulta un libro más cercano, más entrañable y, cada vez que lo leo, tengo la sensación de que el narrador me habla a mí directamente, y está conmigo, sentado al otro lado de la mesa contándome sus chismes y explicándome las cosas raras que ha encontrado en su último viaje por la galaxia para vender algún cachivache.

Porque eso es Trafalgar: la historia de un tipo de hoy en día que dice que es viajante… fuera de la Tierra. Y vuelve de sus viajes, se encuentra una amiga en el café y le cuenta lo que le ha pasado.

Una tontería, parece a primera vista, ya lo sé. Pero en cuanto empiezas a leer, el libro te pilla y no te suelta hasta que lo has terminado. Y lo que es más importante, el tipo que está narrando el libro te pilla y no te suelta hasta que ha terminado de contarte su historia. Y, mientras te la cuenta, te la crees. E incluso después de terminar, dudas.

Confieso que cuando lo leí por primera vez, hace un montón de años, me enamoré un poco de Trafalgar Medrano. Y aún hoy, cuando voy a tomarme un café, no pierdo la esperanza de que aparezca por ahí y me cuente algo sobre su último viaje.

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Gabriel Bermúdez

Publicado por Eva Rodríguez en Octubre 19, 2007

A veces tengo la impresión de que él solo ha inventado la ciencia ficción española. No es cierto, claro, y además sería injusto verlo así.

Pero es el primer autor español de ciencia ficción que leí, hace ya unos añitos. Y su obra tenía un… sabor tan característico, tan de aquí, que supongo que la idea, aunque falsa, es comprensible.

Fue una novelita que no parecía gran cosa, pero que se te iba metiendo dentro poco a poco y que, además, estaba llena de cargas de profundidad ideológicas. Y de muchas otras cosas: de un sentido del humor muy gamberro, de una ironía tremendamente demoledora y de un sentido de la narrativa que no te daba descanso. Era El señor de la rueda, y leerla me convirtió en una incondicional suya.

Después me leí Viaje a un planeta Wu-Wei y disfruté como una enana (uy, qué políticamente incorrecto, Dios bendito). Me lo pasé de miedo, y creo que hasta me enamoré un poco del personaje del Manchurri.

Las otras cosas suyas que he leído me han gustado menos, lo que no quiere decir que estén mal, para nada. Pero creo que con esas dos novelas Bermúdez dio el do de pecho, aunque sin duda lo que hizo a partir de entonces es interesante y sigue teniendo muy mala idea y una carga ideológica bastante cañera. Estuvo un tiempo semi retirado del género, pero volvió con bastante fuerza en los años noventa. Sin embargo, no sé si por desinterés de los editores o del público o por cansancio personal, parece que ha abandonado la ciencia ficción. En Nova apareció no hace mucho una novela suya, pero creo que era una historia antigua que había quedado inédita hasta el momento; y no parece que esté preparando nada nuevo.

Es una pena, porque en los años setenta, cuando nadie apostaba un duro por la ciencia ficción española, demostró que existía, que tenía unas señas de identidad propias y que podía ser buena y enormemente entretenida. No fue el único autor de esa época, pero quizá sí el único que no se quedó en un puñado de cuentos cortos, o uno de los pocos.

Sé que esto lo he repetido demasiado en las últimas entradas. Pero no pierdo la esperanza de ir un día a la librería y encontrarme una nueva novela suya.

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La dama de plata: Menor, quizá, pero tiene algo

Publicado por Eva Rodríguez en Octubre 13, 2007

Seguro que no es uno de los hitos de la ciencia ficción española. Ni siquiera de las mejores novelas de Ángel Torres Quesada, pero por algún motivo siento debilidad por esa novela. Si me paro a pensarlo, creo que es por la ambientación, más que por el argumento, una ambientación de space opera de los cincuenta, un poco quizá a lo Jack Vance pero sin la forma irritante que tiene Vance de contar las cosas y ponerte en ambiente.

La historia es tópica, seguro: asesinos galácticos, una venganza que se prolonga en el tiempo, una historia de amor condenada a terminar mal… todo muy arquetípico, muy de una pieza, pero de alguna manera se las apaña para funcionar. Como digo, quizá gracias a la ambientación, que acaba resultando más sugerente y evocadora que la propia historia que se cuenta. No estoy segura, pero creo recordar que alguien comentó alguna vez que el escenario en el que se desarrolla ya había sido usado por el autor en la época en que escribía bolsilibros, las entrañables novelitas de a duro. Es muy posible, porque como digo tiene una atmósfera a space opera añeja (pero no rancia) que le da un saborcillo especial.

No es lo mejor de Ángel Torres Quesada, ya lo he dicho. Seguramente su obra más lograda es la Trilogía de las islas. La dama de plata es una novelita menor dentro de su producción, quizás, pero siempre he sentido un cariño especial por ella.

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Rodolfo Martínez

Publicado por Eva Rodríguez en Octubre 6, 2007

La verdad es que me cae simpático, Martínez. Quizá porque pienso que no es ni de lejos el monstruo de arrogancia pagado de sí mismo que algunos se empeñan en ver. Sí, vale, se trae un juego un tanto asimoviano con su propio ego, pero nunca me pareció que se lo tomase muy en serio. Por otro lado, acusar de pagado de sí mismo a un escritor porque en su blog hable de sí mismo y de su obra es tan tonto y tan carente de sentido que ni siquiera gastaré más esfuerzo comentándolo.

Como digo, me cae simpático. Y, como autor, ha sabido hacer de su “frikismo” una de sus señas principales de identidad, un frikismo que consiste básicamente en intentar integrar en una obra coherente un batiburrillo bastante disperso de lecturas e influencias. Y lo suele conseguir, la verdad. En la mayoría de sus novelas conviven de una forma sorprendentemente armónica tradiciones literarias y narrativas que en principio parecían antagónicas.

Su mayor problema quizá sea… bueno, no sé muy bien cómo definirlo. Porque iba a decir que es un vago, pero eso no es más que una especulación ociosa, dado que ni le conozco, ni sé cómo trabaja, ni tengo la menor idea de cuánto esfuerzo dedica a su obra literaria. Así que dejémoslo en que casi siempre me quedo con la sensación de que a sus novelas les falta un último repaso, un pulido final, como si el hombre se hubiera cansado y hubiese decidido terminar de una vez el asunto.

Pese a eso, ha escrito novelas cada vez mejores, más sólidas en lo literario y más ambiciosas en sus intenciones. Bueno, o eso es lo que me parece, que estas cosas son muy difíciles de juzgar. La pena es que parece haber abandonado la ciencia ficción pura en favor de una especie de “fantasía con mestizaje” que supongo que le funciona mejor comercialmente. Como digo, es una lástima, porque aunque esas novelas me gustan, siempre me quedo con la sensación de que el Martínez más “auténtico” es el de la ciencia ficción. Impresión que, por supuesto, puede estar equivocada: a lo mejor simplemente el hombre considera que en ese género ya ha hecho cuanto podía y le apetece probar cosas nuevas. Quién sabe.

Aunque confieso que no renuncio a la esperanza de que vuelva a la ciencia ficción. Y creo que no soy la única.

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Imprescindibles

Publicado por Eva Rodríguez en Octubre 1, 2007

Hay dos libros que uso a menudo, aunque el primero de ellos es difícil de encontrar.

Es frecuente que, cuando digo que soy lectora habitual de ciencia ficción, haya un microsegundo de miradas raras. Llevo viviendo eso desde mi adolescencia allá por los… desde mi adolescencia.

Menos frecuente es que me encuentre con las mismas miradas cuando digo que en España se hace y se ha hecho buena ciencia ficción y fantasía. Pero también pasa. Incluso entre aficionados al género con años de lecturas a sus espaldas.

Cuando me pasa eso siempre recomiendo estos dos libros.

Uno es Lo mejor de la ciencia ficción española, una antología que recopiló Domingo Santos para la editorial Martínez Roca. Es un libro que no me atrevo a prestar, la verdad, porque es bastante difícil de encontrar y no quiero arriesgarme a que no me lo devuelvan. Soy egoísta, lo sé, pero ya me ha pasado antes y con ciertos libros prefiero no correr el riesgo. Así que me limito a recomendar que lo busquen en las librerías de ocasión, a ver si tienen suerte.

Es verdad que en la antología hay cuentos de los que se puede prescindir sin problemas, pero son los menos, y la mayoría, no sólo dan una idea muy clara de lo que hacían los ecritores españoles de ciencia ficción en los sesenta y setenta, sino que son buenos cuentos, algunos de ellos muy buenos.

El otro libro es la Antología de ciencia ficción española: 1982-2002, de Julián Díez para Minotauro y que, en cierto modo, es un intento de mostrar justo la siguiente generación de autores a los que aparecían en la antología de Domingo Santos: aquellos que empezaron a publicar en los ochenta y los noventa.

Éste libro me importa menos prestárselo a alguien. Se puede encontrar con relativa facilidad y, si el desaprensivo no me lo devuelve, siempre puedo volver a conseguirlo.

¿Hay alguna diferencia entre una antología y otra? Sí, claro que las hay, unas cuantas. Y quizá la más evidente es la diferencia de nivel entre los cuentos de una y de la otra. Todos los relatos de la segunda son buenos y hay dos o tres que están entre lo mejorcito que he leído en ciencia ficción en castellano.

Vamos, que las cosas han cambiado. Que lo que era una excepción parece ser la norma. Y que el nivel actual de los autores españoles es bueno y, en algunos casos, notable.

Pero en cualquier caso, los dos libros me parecen imprescindibles. A veces casi los veo como si fueran uno solo: dos tomos de una antología histórica que presentan casi cuarenta años de ciencia ficción española.

Y, con todo, no han sido unos malos cuarenta años.

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César Mallorquí

Publicado por Eva Rodríguez en Septiembre 28, 2007

“¡Qué grande es, madre mía!”, fue lo que pensé la única vez que lo vi, hace ya unos cuantos años. Y me imagino que, desde entonces, no habrá menguado.

Siempre me pareció una pena que dejara el fantástico en su vertiente más adulta para irse a buscar pastos más frescos a la novela juvenil y, eso creo, a la televisión. Claro que es muy dueño de usar su talento donde prefiera y crea conveniente, faltaría más, pero creo que los lectores de ciencia ficción hemos salido perdiendo con su marcha del género.

Y mucho.

Porque confieso que dos de mis cuentos favoritos, no diré ya de ciencia ficción española, sino simplemente de ciencia ficción, los ha escrito este hombretón de mirada bonachona. Hablo de “La pared de hielo” y “Materia oscura”. Para mí, dos auténticas obras maestras del relato breve de ciencia ficción. Quizá el rollo ese de que la ciencia ficción es “literatura de ideas” no sea más que una pamplina para justificar la existencia de docenas (o centenares, o miles, vete tú a saber) de novelas mal escritas, pero estos dos cuentos son un ejemplo perfecto de lo que yo entiendo cuando pienso en esa expresión. Porque plantean dos ideas “potentes”, de esas de dejarte con la boca abierta, y en ambos casos las ideas están integradas perfectamente en una narración bien llevada, bien dosificada y estupendamente escrita. Qué más se puede pedir.

Y creo que César Mallorquí era capaz de más, de mucho más. Y confieso que no pierdo del todo la esperanza de que algún día vuelva al género.

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Reorganizando

Publicado por Eva Rodríguez en Septiembre 28, 2007

Me he dado cuenta (bueno, Chus el Grande me lo ha hecho notar “amablemente”) de que tengo la manía de hablar de los libros sin explicar qué libro comento hasta que ya tengo bien avanzado el comentario. Y, claro, como muy bien me ha dicho Chus, si encima en el título del post no aparece el de la novela, te pones a leer y no sabes de qué se está hablando.

Sí, ya sé que esto se llama “Me voy por las ramas” por un buen motivo. Pero tampoco hay que pasarse.

Así que intentaré ser un poco menos dispersa y, en favor de la claridad, cuando hable de un libro pondré su título en el nombre de la entrada. Supongo que tocaría modificar las entradas que ya tengo publicadas siguiendo esa norma. Y lo haré, aunque me da un poco de pereza.

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Juglar: ¿Dónde está el resto?

Publicado por Eva Rodríguez en Septiembre 25, 2007

Esa fue la sensación que me quedó cuando terminé de leer Juglar, de Rafael Marín.

Y es que una va leyendo y va disfrutando. La historia promete y está bien narrada, pese a que a veces parezca que, para documentarse, el autor ha acudido a lo más ramplón de El canal de Historia o, como mucho, a El príncipe Valiente, como si la Edad Media fuera una e indivisible y lo mismo diese el siglo VI que el XI.

Pero da igual. La histora de esa especie de pícaro en la España del Cid está bien llevada,  funciona narrativamente y una va leyendo página tras página con interés. Marín es un buen narrador, al fin y al cabo, y sabe demostrarlo.

Y luego, de pronto, la novela acaba. Y te quedas con la sensación que te faltan los otros dos tercios del asunto. O sea, ya sabéis, aquello que ya decían los griegos de planteamiento, nudo y desenlace. Juglar es básicamente lo primero con algunos toques de lo segundo y un apresurado muestrario de lo que debería haber sido lo tercero. Como si, ya a punto de entrar de verdad en la materia novelística que Marín quiere contar, le hubiera entrado la prisa de repente y hubiera decidido rematar la historia lo más rápido posible.

Y a mí se me queda la cara a cuadros. A ver. ¿Esto es el inicio de una trilogía y el autor se ha limitado a presentar al personaje que sirve de hilo conductor para rematar después el asunto en libros posteriores? ¿Se le echaba encima el plazo del Premio Minotauro y, en lugar de tomarse su tiempo, y por tanto esperar al año siguiente, hubo que acabar el asunto de prisa y corriendo? ¿O qué?

No diré que me siento estafada, pero sí un tanto decepcionada. Y no es que estemos ante una novela que no termina. Por un lado, hay muchas novelas que no terminan ni falta que les hace. Y, por el otro, la historia sí que parece llegar a un punto de conclusión. El problema es todo lo que falta entre ese momento y lo que se nos ha venido contando hasta entonces. Marín introduce un mundo y un personaje y, cuando parece que ya está listo para narrar, va y decide terminar.

No sé. Como que no es así como se deben hacer las cosas, me parece a mí.

Claro que, quién soy yo, al fin y al cabo.

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¿Un poco de perspectiva?

Publicado por Eva Rodríguez en Septiembre 21, 2007

Vale que sí, que intentar una aproximación crítica al género fantástico con rigor y seriedad es una iniciativa loable y era algo que se necesitaba desde hacía tiemp.

Pero a lo mejor, la forma más adecuada de hacerlo no es ser tan fandomita y sectario como el friki más friki y simplemente barnizar todo eso usando tics de catedrático pagado de sí mismo, como la obsesión por la titulitis, los aires de experto irrebatible, o la manía de pontificar desde un púlpito intelectual. Digo yo, vamos.

Hablo de la revista Hélice, por cierto.

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El dragón estelar: ¿Warhammer?

Publicado por Eva Rodríguez en Septiembre 20, 2007

Eso fue lo que pensé a las pocas páginas de dar inicio a El dragón estelar, la última novela de Víctor Conde. No es que sea una experta, pero sí que conozco el asunto de pasada; lo bastante para saber que el Warhammer es una especie de mezcla entre space opera y fantasía heróica donde los contendientes se dan de porrazos pilotando unos robots enormes llamados mechs.

Y eso es lo que hay en la novela de Víctor Conde: un escenario galáctico de guerra interminable, razas exóticas que parecen sacadas de El señor de los anillos o algo similar y gigantescos robots de combate. Vamos, una novela de Warhammer en toda regla. O quizá una novela de Warhammer camuflada.

Porque me queda la duda de si Conde quiso escribir directamente una historia ambientada en ese universo y luego le hizo unos cuantos cambios para evitarse problemas de marcas registradas o, directamente, decidió usar un escenario similar a un ambiente que le gustaba o le resultaba atractivo.

Sea lo que sea, da lo mismo. El dragón estelar es, básicamente, un space opera bien llevado, con un ritmo bien dosificado, acción a raudales y una historia y unos personajes que funcionan. Su tono es casi de novela juvenil lo que, unido a que en realidad estamos ante lo que parece el ensamblaje de dos novelitas más breves, me lleva a sospechar que quizá en inicio Conde se planteó la posibilidad de probar suerte con alguna editorial que publica literatura juvenil, antes de acabar recalando en Timun Mas.

Detalles sin importancia, en cualquier caso. No estamos ante el Conde ambicioso y metafísico de El tercer nombre del Emperador (alguien debería reeditar esa novela, por cierto; y ya que estamos, estaría bien una revisitación de ese escenario), sino ante un Conde más ligero y desenfadado, más intrascendente tal vez, pero con todas las características de buen narrador y ágil enhebrador de tramas de su obra anterior.

O, para resumir, que mola, te lo lees en dos patadas y te lo pasas muy bien.

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