Hay algo que se repite con cierta periodicidad, y es esa obsesión del fandom (uy, lo he vuelto a decir, perdón) madrileño por considerarse el ombligo de la producción nacional de literatura fantástica, con el evidente ninguneo que conlleva hacia los autores periféricos (salvo que estos, claro está, sean amiguetes, de la tribu, vaya).
En los noventa, con los aficionados de la Capital del Reino aglutinados en torno a la Tertulia Madrileña de Literatura Fantástica (la llamada TerMa), resultaba bastante bochornoso ver cómo cantaban las loas y alabanzas de un puñado de autores que, luego, quedaron en la cuneta como si tal cosa. Cierto que León Arsenal y César Mallorquí son autores sólidos y consolidados (pese a su abandono, espero que parcial, del género fantástico), que Eduardo Vaquerizo lleva camino de convertirse en un espléndido escritor y que Javier Negrete lo es ya, pero no lo es menos que muchos de aquellos autores incipientes que en su momento eran saludados como lo más, lo mejor, lo megachupi, hoy han desaparecido sin dejar más huella que un puñado de relatos que ni destacaban entonces ni destacan ahora.
Para el (sí, lo voy a decir otra vez) fandom madrileño, sin embargo, aquellos autores eran el futuro, la gran esperanza (desconozco si blanca, rosa o de qué color). No sé si cegados por la amistad, la proximidad geográfica o por puro chovinismo, no veían nada que pudiera comparárseles. Recuerdo, incluso, una cierta antología que recopilaba material de algunos de ellos y que intentaba luego (con un éxito más que moderado) hacer un análisis crítico de su trayectoria literaria. De profundis, creo recordar que se llamó el invento.
Recuerdo también una agria discusión en una de las listas de correo de la época donde alguien acusaba al premio UPC de estar manipulado basándose única y exclusivamente en lo sospechoso de ciertas apariencias. Cuando se le pedían pruebas de esa opinión decía que ni las tenía ni eran necesarias: a la vista estaban los resultados y además, añadía, esas cosas se sabían, eran “vox populi”. Enfrentado al hecho de que los ganadores del Pablo Rido (premio de relatos convocado por la TerMa) eran, a menudo, personas cercanas a la organización y que, por tanto, vistas las apariencias, un premio era tan sospechoso como el otro, el que había iniciado la discusión se deshizo en juramentos sobre la limpieza de “su” premio y afirmó, sin que se le cayera la cara de vergüenza, que no era culpa suya de que los mejores escritores del género fueran madrileños.
Pero, bueno, que me he ido un poco por las ramas. Aunque de eso trata este blog, al fin y al cabo, ¿no?
En cualquier caso, ahora vuelven a la carga. El centro de gravedad se ha movido un poco, de Madrid capital a la cercana Getafe, pero en el fondo es más de lo mismo. Otra vez se encumbra a autores que no son nada del otro mundo y se hace simplemente porque “son de los suyos”.
Todos somos humanos, o casi todos, es bien cierto. Y tendemos, de forma instintiva, a apreciar lo nuestro más que lo de los demás. Pero en todos estos años nunca he visto que otros grupos de aficionados, otros colectivos, otras tertulias fueran tan ciegos para lo ajeno y tan exageradamente hagiográficos para lo propio.
Me pregunto por qué es así. ¿Algo en el aire de la sierra madrileña, tal vez?
POSTDATA: Sí, he estado ausente demasiado. A los pocos que me sigáis por aquí, mis disculpas y la promesa de que intentaré recuperar el ritmo. Ha sido una temporada difícil, pero parece que ha pasado y ya se ve la luz al final del túnel.